El reconocimiento de los valores personales

El reconocimiento de los valores personales. Hace algunos años tuve la oportunidad de asistir a un curso de liderazgo impartido por el especialista Stan Slap. Durante un par de días recibí un método de identificación de valores que marcó una parte importante de mi vida profesional. El tópico de liderazgo siempre me había importando y de hecho lo había estudiado en detenimiento.

Autores como Blanchard llenan aún mi biblioteca personal. Pero este seminario fue diferente, se centró desde un principio en identificar los valores que te mueven como persona. La lista inicial que nos proporcionaron fue larga, había palabras que ni siquiera consideraba que pudieran calificar como valores. El ejercicio pedía identificarlos y describir brevemente porque los escogías y porque eran fundamentales para ti.

Recuerdo haber hecho este ejercicio con cierta ligereza, sin entender aún lo valioso del cuestionamiento. Fue hasta que empezó una discusión abierta donde cada uno de los participantes empezó a compartir sus vivencias cuando comprendí realmente el valor del ejercicio. Al principio los comentarios fueron de poca importancia, pero poco a poco todos los colegas sin excepción empezaron a compartir momentos y vivencias que les habían marcado su vida. Me impactaron dos personas en la sala. Uno de ellos hablo del respeto a los mayores y a las personas con capacidades diferentes. Uno de sus padres había sido paralítico y el otro había tenido una enfermedad degenerativa. Se habían casado y decidido tener un hijo sabiendo que su esperanza de vida era corta. Este colega creció toda su vida viendo el esfuerzo físico y económico de sus padres por atenderlo, y tornando lo que pudo haber sido una natural compasión, en una convivencia llena de admiración y verdadero respeto. Nos compartió la admiración por sus padres y como en ese entonces él participaba en actividades de apoyo a personas con capacidades diferentes.

El otro colega habló de la importancia de la familia, su discurso era tan vehemente que varios ejecutivos tomaban notas como tratando de que ninguna idea se les escapara. En aquellos días la empresa tenía retos muy severos de competencia y muchos de nosotros pasábamos muchas semanas fuera de casa (en lo particular mi responsabilidad abarcaba cerca de 20 países).

Más que compartir cómo valoraba a la familia, la intervención de este colega era un exhaustivo discurso que tenía hasta cierto punto tintes de regaño. La lección pudo haber sido muy valiosa si no es porque estaba plagada de inconsistencias. Este personaje, al cuál por cierto admiraba yo mucho por su capacidad de trabajo, lo menos que hacia era dedicarle tiempo a su familia. Si no lo hubiera conocido le habría pedido ayuda para que me apoyara personalmente. Pero no era así. Me di cuenta que su discurso era realmente una llamada de atención para el mismo. Me quedó claro que sabía lo que debería hacer, pero también me di cuenta de su incapacidad para llevarlo a cabo.

Esta inconsistencia fue muy valiosa para mí. ¿Qué afán tenía este individuo de presumir algo que él mismo era incapaz de hacer? En ese instante voltee a revisar la lista de valores que yo mismo había escrito y empecé a reconsiderarlos. El ejercicio continuo por dos días más. La cantidad de situaciones que escuche y que yo mismo fui capaz de compartir generó una especie de escape, una especie de catarsis que me ayudó a conocerme mejor.

Al final del ejercicio, cambié la lista original de valores en menos de la mitad. El cúmulo de reflexiones me llevó primero que nada a resaltar motivadores que ni yo mismo había identificado. Por primera vez me di cuenta que el sentimiento de logro es un valor que traigo desde niño y que nunca lo había puesto en la correcta perspectiva. Entendí como el valor de la lealtad es algo que gira alrededor de mis acciones cotidianas y que valía la pena compartirlo para darle su justo valor. Entendí porque el valor de la creatividad  puede tener un impacto en el empleo que selecciones y en el tipo de empresa que trabajas. Otros valores como la honestidad, la aportación a la sociedad y el respeto por el intelecto de los demás se reforzaron de una manera aún mas contundente. También entendí que los valores que elimine de mi lista original no es que no los practicara o que no los tuviera; lo que sucedía es que la pregunta era muy explícita, preguntaba cuáles eran los valores que “realmente motivaban mi vida”.

Cada uno de los momentos de esta vivencia me dejó lecciones que quisiera resumir en dos recomendaciones:

1.-La primera invita a la necesidad de ser congruente; varios autores enfatizan la importancia de asegurar que el “audio” sea consistente con el “video”, es decir lo que dices (el audio) debe empatar con lo que la gente ve que haces (video). No intentes impactar a tus colegas o a tu familia con discursos incongruentes. Sé honesto contigo y aunque te cueste trabajo acepta que no puedes hacer eco de todas las virtudes de este mundo. No hay cosa más triste que ver a un gerente, director o líder de grupo contradictorio entre su decir y su actuar.

2.-La segunda reflexión gira alrededor de la misma pregunta que me hicieron a mi. ¿Cuáles son los valores que realmente te mueven? Hacer un ejercicio profundo y sobre todo comunicarlo a tus colegas ayudará a abrirte y “conectar” mucho más fácil con ellos. La lista no tiene que ser extensa, lo importante es que los identifiques y te asegures de vivirlos día a día, es decir, si de verdad los internalizas todos nos daremos cuenta que realmente los vives y que eres congruente, verbalizarlos no es suficiente, hay que vivirlos. Podrás además contagiar tu entusiasmo por lo que estas construyendo de una manera auténtica y natural. Si al mismo tiempo encuentras eco alrededor de esos valores entre tus colegas seguramente tus probabilidades de éxito serán muy altas.

La próxima vez que entrevistes a un potencial colaborador, pregúntale sobre su historia laboral por 10 minutos y pasa mucho tiempo compartiendo con él los valores que te mueven y ojala él o ella te puedan compartir también los suyos. Ahí veras si haces resonancia, la base fundamental para armar un gran equipo de trabajo.

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